La llegada sorpresa de Carla a las 36 semanas de gestación

Hace días que no escribo nada… pero ¡he estado muy ocupada!

Sin avisar, sin esperarlo y de sorpresa ¡Carla ya está con nosotros! Muchas personas me han preguntado el cómo fue su llegada al mundo. Cuál ha sido mi experiencia en el parto y cómo me sentí. Así que tenía claro que había que dedicar una entrada en blog explicando mi experiencia en el día más feliz de mi vida.

Sábado 21 de enero;

Llevaba días que me sentía cansada y al mirarme al espejo me veía algo más hinchada. Todo lo acusaba al hecho de haber dejado las pastillas Adiro (dicho por mi ginecóloga), que me he tomaba diariamente para ayudar a mi riego sanguíneo.

El día transcurrió con normalidad, compras matutinas, paseo con mi chico, comida en restaurante… por la tarde empecé a preocuparme ya que no sentía movimiento fetal. Se lo comenté a mi pareja y juntos intentamos activar a nuestra pequeña. Comí chocolate, polvorones, él tocó la guitarra, dimos golpecitos a la barriga… pero NADA DE MOVIMIENTO.

Nos preocupamos y le dimos tiempo hasta que decidimos ir a urgencias y salir de dudas de lo que estaba pasando dentro de mi.

Al llegar a la clínica, nos atendió una comadrona muy agradable que nos comentó que, durante las últimas semanas de embarazo, los bebés se mueven menos a razón de la falta de espacio, pero que igualmente nos harían una prueba de una hora y media para saber cómo estaba Carla.

¡Fueron mis primeras correas! Allí sentada junto a mi chico escuchando esos latidos fuertes de nuestra bebé. Ahora los recordamos y entre risas lo comparamos como una manada de caballos que bajan galopando hasta el cuello del útero. Pero en aquel momento no sabíamos lo que realmente estaba pasando.

Después de esa hora y media, la ginecóloga de guardia nos comentó que todo estaba normal, que tenía alguna contracción pero de las suaves e indoloras (Braxton Hicks) y que por precaución, en 48 horas volveríamos a repetir la prueba.

Salimos de la clínica tranquilos y con ganas de descansar.

Domingo 22 de Enero;

A las horas de la visita de urgencias, me sentí mojada. Fue una sensación nueva, tenía ganas de orinar pero no lo podía retener. Me levanté rápidamente de la cama y antes de llegar al servicio… Plof!!! me mojé toda. Como estaba medio dormida, sinceramente dude si me había orinado. Pero algo me decía que ese líquido transparente e indoloro no era urea. ¿Había roto aguas?

Avisé a mi pareja de lo que estaba pasando, él no sabía que hacer. Hacía tan solo dos horas que habíamos estado en urgencias y no parecía que el parto fuera tan inminente. Nos quedamos parados un par de minutos sin saber que hacer, no tenía dolor, ni contracción…pero teníamos que volver a la clínica y salir de dudas para saber que era ese sospechoso líquido.

El camino hacía urgencias transcurrió normal, tan solo que esta vez íbamos cargados con las bolsas (por si acaso nos llevamos todo). Seguía sin contracciones, sin sobresaltos y sin intuir que se iniciaba el parto. Al llegar nos atendió la misma comadrona y nos comentó que me haría un test para saber si realmente era una rotura de bolsa.

Recuerdo entrar en aquella sala grande provista de todo lo necesario para los nacimientos de los bebés: báscula, silla ginecológica… Me hizo desnudarme de cintura para abajo. Y con unas varillas examinó mi vagina. Había que esperar un minuto y si salía verde pues estaría en lo cierto que aquel líquido caído sería la bolsa rota.

Aquel minuto pareció eterno, me recordó a los minutos del test de embarazo. Es curioso ahora que lo pienso, que el inicio de la gestación sea a la espera de un resultado en una varilla y que el final de ésta se realice de la misma manera. Pasado el minuto… ¡Verde, estábamos de parto!

Mi sensación era muy rara, de parto y sin dolor aún. Todo cambiaría en cuestión de tiempo. Me dieron una bata y me hicieron desnudarme por completo. Nos avisaron que posiblemente sería un parto largo ya que no estaba nada dilatada, así que me enviarían a una habitación y cuando el parto estuviera más activo volvería a la sala. Pero eso nunca sucedió. Ya que al poco empecé a dilatar y a tener mis primeras contracciones con dolor.

Sinceramente me cuesta recordar las primeras contracciones incluso cuesta explicar con palabras lo que se siente. Podíamos compararlo con un dolor menstrual a lo bestia, el cuál hace que de manera natural busques posturas para que pueda pasar mejor. Me colocaron una monitorización fetal inhalambrica de esta manera podía moverme por la sala, ir al baño e incluso caminar. Tengo recuerdos vagos de aquellos momentos, quizá los dolores fuertes que pasé han hecho que mi memoria los guarde en algún lugar difícil de encontrar.

Resultado de imagen de monitorización fetal inalambrica

En cada contracción recordaba a mi profesora de yoga, que me enseñó a respirar y a relajar el resto del cuerpo durante la contracción uterina. Y entre contracción y contracción intentaba disfrutar del tiempo de relax sin esperar la nueva. En la misma sala había una silla con telas colgadas que fueron de gran ayuda. Colgada parecía que mi pequeña tuviera más espacio para el descenso.

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Llegado a un punto, empecé a sentir mucho más dolor… yo sola estaba dilatando y era el momento de la esperada EPIDURAL.

Hicieron salir de la sala a mi pareja para poder inyectarme ese líquido tan liberador. Recuerdo a la anestesista, una mujer muy agradable que transmitía serenidad. Una vez colocado me enseñó un botoncito que si apretaba me ayudaría a inyectarme más dosis. De esta manera era yo la que elegía en todo momento el tipo de anestesia.

Las contracciones seguían, ahora difuminadas por los calmantes. De tanto en tanto notaba alguna más fuerte pero soportable. Recuerdo estar estirada en la camilla a la llegada de mi pareja de nuevo a la sala. A él lo notaba nervioso, no le gustaba el no saber cómo ayudarme. Aunque su presencia para mi era la mayor ayuda.

Enseguida las comadronas y ginecóloga quisieron inyectarme oxitocina para accelerar el parto, pero por sorpresa ya estaba dilatada de 8 cm. Carla tenía prisa por salir y bajaba acelerada.

Pero aunque todo parecía fácil, las complicaciones empezaron a surgir.

La niña estaba aún muy arriba y su cabecita no se había encajado del todo. Ella empujaba y chocaba contra mi pelvis. Las ginecólogas, porque ya eran dos, fueron dándole tiempo para ver si ella sola hacía ese giro de cabeza. Pero Carla no parecía estar por la labor. Las contracciones de nuevo eran más fuertes y aunque intenté no darle al botón, una de las veces tuve que hacerlo. Con aquella dosis me relajé y pude respirar hondo para vivir el final del parto.

Las ginecólogas llamaron a más compañeras, recuerdo aquella sala llena de mujeres con batas, mascarillas… incluso alguna se presentó antes de examinarme. Entre ellas se decían: Té molt caput!! ( hablaban en catalán). Se referían a la cabeza de mi pequeña.

Entonces una de las doctoras me dijo:- Ingrid vamos a tener que ayudarla a salir-

Sinceramente, en aquel momento no se bien a qué se refería… ¿Cesárea? De “refilón” alcancé a ver un objeto de metal. ¡Los “temibles” forceps! Mientras introducían las pinzas me explicaban que era tan solo para facilitar el giro a mi pequeña y así poder salir.

Estaba asustada, pero lo único que me importaba era cómo estaría mi niña ante tal invasión. Una vez girada la cabeza, llegó el momento final.

Recuerdo a la comadrona acercarse a mi, subida en un taburete a mi lado y con las manos en mi barriga. “Ahora respira hondo y empuja todo lo fuerte que puedas sin sacar el aire, yo intentaré ayudarte” – Yo en ese momento pensé: ¿vas a hacer lo que creo que vas hacer? ¿No está prohibido el apretar barriga?

Así que, agarrada a aquellos hierros laterales que encontré en la camilla apreté con todas mis fuerzas.

Recuerdo a la comadrona bajando del taburete para decir: “Ella puede sola”.

Y en dos empujones más… vi salir un cuerpecito diminuto, cubierto de una capa blanca, pero perfecto. No pudimos hacer lo deseado con el cordón, ya que venía con él alrededor del cuello. Supuestamente, el último giro hizo que saliera con un bonito “collar”, mi hija es así de presumida. Me la mostraron y la pediatra la examinó rápidamente (al ser prematura deben hacerlo antes de hacer el piel con piel, así lo marca el protocolo). Recuerdo que allí junto a mi pareja pude escuchar por primera vez su voz. Tan solo fue un sonidito, pero solo oírlo hizo brotar lágrimas y sonrisas mi rostro.

Al fin, la pusieron encima de mi pecho y pudimos mirarnos la una a la otra. No puedo dejar de recordarlo y de nuevo emocionarme. Es la sensación más feliz de toda mi vida. No hay palabras para explicar la magnitud de tal felicidad.

Quizá duela parir, quizá no fue un parto de lo más esperado… pero fuese como fuese, lo volvería a pasar un millón de veces más tan solo por volver a vivir de nuevo ese instante donde se produjo nuestro primer encuentro de miradas.

 

 

 

 

2 comentarios en “La llegada sorpresa de Carla a las 36 semanas de gestación

  1. sonandosermama dijo:

    Hola! Yo también dejé Adiro en semana 35 y a la 36 rompí bolsa de sorpresa…
    Utilizaron fórceps porque la peque venía con la cabeza levantada y por tanto no podía salir… así que solo introducieron los fórceps para poder girarla…
    Me hicieron una pequeña episotomia de 3 puntos de esos caen solos…
    Todo asustó mucho pero realmente fue una recuperación rápida.

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  2. Nad dijo:

    Yo estoy de 34 semanas y en una semana dejo el Adiro. Mi primer parto fue a las 38 +4 por rotura de bolsa: oxitocina y episiotomía. Ingresé a las 12h y a las 16h ya tenía a mi hija sobre mí piel con piel. Miedo me da dejar el adiro (en embarazo anterior no lo necessité). Al emplear fórceps tuviste desgarro? No te hicieron epi?

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